lunes, 30 de mayo de 2011

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Estamos en la esquina de las calles de La Avaricia y El Repudio. Esos podrían ser los nuevos nombres de las actuales Wall Street y Pearl Street en el Lower Manhattan de Nueva York esta tarde de primavera ventosa. Por un lado, los hombres de negocios con sus trajes impecables de Brooks Brothers y sus camisas de Pink, que apuran el paso para dejar temprano la zona de las finanzas. Por el otro, miles de maestros, estudiantes y empleados estatales con pancartas, pitos y bombos improvisados con tachos de plástico pidiendo que el pago de los impuestos sea igual para todos y que se preserven sus empleos. Una confrontación y un escenario perfectos para esta historia: éste fue el epicentro de la crisis financiera que estalló en 2008 y que nadie sabe cuándo y cómo terminará. El lugar desde donde hoy se juega la caída o la supervivencia de Grecia. Y la zona cero de lo que todos esperan sea la próxima crisis.
Dentro del Stock Exchange, el histórico edificio donde se transan las principales acciones del mundo, ahí, en las escalinatas del Federal Hall, ya se vive la nueva burbuja de las empresas tecnológicas. Las transacciones en el mercado secundario pusieron un valor exorbitante a Facebook (7.600 millones de dólares) y Twitter (7.700 millones), por encima de empresas como Boeing y Ford. Y la oferta pública inicial de Linkedin (una red social de conexiones profesionales) en 3.300 millones. Un día después, Microsoft compró Skype (la telefónica de Internet) por la formidable cifra de 8.500 millones de dólares, diez veces el volumen de sus ventas del año pasado y 400 veces su presupuesto de operaciones. Y ese mismo día, The Wall Street Journal hablaba de una estampida en el precio de las acciones de Renren y de Youku, conocidos como el Facebook y el You Tube chinos.
Pareciera que nada se aprendió de la burbuja de Internet de hace una década, la corriente especulativa que se dio entre 1997 y 2001 con las punto com. “Hoy es Internet, pero también hay una enorme especulación con los commodities, particularmente los granos, los CDO (un sofisticado producto financiero que reúne una canasta de préstamos respaldados por activos de alto riesgo) y hasta los paquetes de ayuda financiera a los países en quiebra. Se especula con todo y sin reservas. Pareciera que no se aprendió nada de la crisis de 2008, que casi nos desnuca. Pero esa es la esencia del capitalismo”, comenta Milo Norris, un trader de la Bolsa que corre agarrado de un maletín de cuero de Brioni para escabullirse de las manifestaciones.
En la calle continúan las marchas. Los maestros piden que el Bank of America pague los impuestos que le corresponden. Según el último balance, el banco –que fue uno de los rescatados por los 700.000 mil millones de dólares que puso el Estado norteamericano para salvar del colapso a sus principales instituciones financieras– pagó en promedio menos dinero en impuestos que un empleado estatal. “Nosotros salvamos a los bancos. Ahora, que nos devuelvan la plata”, grita Alex Funes, un maestro de Harlem al que le recortaron las horas extras.
Las columnas de trabajadores estatales y de maestras dan la vuelta por la calle Broad y ponen en alerta al escuadrón del SWAT que impedirá cualquier intento de acercarse a la Bolsa. Unas secretarias con trajes comprados en los saldos de Century 21, la tienda puesta de moda por las chicas de Sex and the City, corren hacia la boca del subte. En el balcón de uno de los clubes privados de la zona, tres tipos jóvenes de trajes brillosos toman champán y se divierten con la escena. La luz del sol que cae entre los edificios los baña de oro. “Están en el Titanic”, les grita Joseph Harenblith, un viejo profesor, militante de la izquierda neoyorquina, veterano de cientos de manifestaciones. “En realidad, no es el Titanic”, se rectifica. “No se hunden mientras están ebrios de champán. Siguen haciendo grandes negocios. Eso de que las crisis crean oportunidades sólo se cumple con ellos. Están esperando con alegría la próxima”.
Algunos de estos temas reaparecen dos días más tarde en una charla con el profesor Mark Blyth, de la prestigiosa universidad de Brown. “La crisis del 2008 aún no terminó. Pero cuando uno dice que puede haber una nueva crisis en cualquier momento, la gente quiere que le digan qué día, a qué hora, cuáles son los bonos que van a caer y cuáles serán los países más afectados. Pero eso no es posible de predecir. Lo que sabemos es que hay una nueva crisis en ciernes”, argumenta Blyth. “Se salvó a los bancos –algo que había que hacer como el mal menor—y ahora siguen haciendo lo mismo que hacían antes, apostar a burbujas que les den ganancias rápidas más allá de las consecuencias. Ahora están todos apostando al aumento de los precios de las commodities”. El economista argentino Pablo Goldberg, de uno de los bancos de inversión más importantes de Wall Street, lo explica aún más claramente: “El juego financiero, el riesgo, está en la esencia del capitalismo. Eso es lo que se hace en esta industria. Y si hay regulaciones, siempre se intentará ir hasta el límite de la legalidad. Los inversionistas y la banca siempre van a buscar nuevas maneras de ganar dinero. ¿Las crisis? Siempre hubo, y las va a seguir habiendo. Ahora, como las tormentas del cambio climático, tendrán mayor frecuencia y mayor intensidad”.
Las consecuencias de la crisis, en este momento, las encontramos en Europa. Tres países recibieron rescates financieros por más de 270.000 millones de dólares, sin mayores resultados. Grecia es el más afectado: el premier Yorgos Papandreu amenaza con declarar la quiebra si no le dan un respiro. Fue él quien tuvo que revelar al mundo la mentira creada por el gobierno anterior con los números de su economía. Decían que para 2009 tendrían un déficit del 3,7%, apenas un punto por encima de lo permitido por la Unión Europea, y terminó siendo del 15,5%. Le dieron 110.000 millones de euros de rescate, que fueron a parar a las manos de los que volvieron a sacar el dinero al exterior. Ahora tiene que hacer recortes por 50.000 millones de euros, casi una quinta parte de los activos del Estado.
Irlanda está un poco mejor después de recibir 85.000 millones de euros, pero una buena parte de la inyección de dinero entró en bancos arruinados como el Anglo Irish y el Allied Irish, y crearon un déficit descomunal del 32% del PBI. Portugal sigue hundiéndose en una deuda pública con la que intenta preservar una calidad de vida europea con un presupuesto centroafricano. La oposición vetó por tercera vez el plan de ahorro presentado por el gobierno, y llegó el paquete de ayuda por 78.000 millones de euros. La canciller alemana Angela Merkel ya está cansada de poner la cara por estos gobiernos deficientes, y los mercados están al acecho para hacerse de cualquiera de estas presas fáciles.
“Esta es una crisis sin fin, porque tiene una raíz muy clara: la desigualdad”, explica John Roemer, profesor de Economía de la universidad de Yale. “Hasta que no se achique la brecha entre ricos y pobres, agrandada hasta valores inconcebibles en los años 80 y 90, no saldremos de esta situación”.Roemer también cita la falta de ética y de castigos a los culpables de la caída de los bancos, ocurrida hace tres años, como elementos que contribuyen a la volatilidad económica mundial. Se siguen concediendo enormes sumas de dinero a los directivos de las instituciones que recibieron subsidios multimillonarios. El último fue el hindú Vikram Pandit, presidente del Citigroup, que se llevó 23,4 millones de dólares. Angelo Mozilo, el fundador de Countrywide, una financiera adquirida luego por el Bank of America tras varios años de abusar con las hipotecas subprime (cuya caída fue el origen de la crisis financiera), pactó la semana pasada con la justicia el pago de 67,5 millones de dólares (una cifra muy pequeña teniendo en cuenta lo que ganó) a cambio de ser absuelto de todos los cargos.
El fiscal de Nueva York, Eric Schneiderman, acaba de pedir documentos a Goldman Sachs y Morgan Stanley, dos bancos de inversiones rescatados, para investigar las 10.000 demandas por engaño financiero que recibió contra ellos. En abril, el comité de investigaciones del Senado había dado a conocer su informe sobre la crisis, en el que se advierte que la sórdida historia continúa en todo su apogeo. El State Street Bank recibió este año 885 millones de dólares en devolución de impuestos, a pesar de haber tenido ganancias por 1.600 millones y después de recibir 2.000 millones en ayuda del Estado y el permiso para despedir a 3.600 empleados. Mientras, los ejecutivos siguen recibiendo bonos extraordinarios. Jamie Dimon, del JPMorgan-Chase, se llevó 20,8 millones de dólares; Brian Moynihan, el CEO del Bank of America, se llevó 10 millones. Su banco había perdido 3.600 millones.
El interés y la actualidad del tema de la crisis se vio la semana pasada, con el estreno de la muy esperada producción de HBO, Too big to fail (demasiado grande para caer, la frase que resume la teoría de que hay instituciones de tal envergadura e interconexión con el resto del sistema que su caída provocaría un desastre económico y por lo tanto es más conveniente rescatarla). Un magnífico William Hurt como el secretario del Tesoro Hank Paulson y Paul Giamatti como el jefe de la Reserva Federal Ben Bernanke, logran mostrar con claridad los sucesos tras la caída de los bancos Bear Stearns, Lehman Brothers, y la aseguradora AIG. En la trama, corporizan a gente como Dick Fuld y John Thain, directivos de esos bancos que viven vidas de privilegio y nunca fueron acusados de nada. Esto, a pesar de las graves consecuencias de la crisis en el mercado laboral. Hay 13 millones de estadounidenses que siguen sin trabajo, más del 10% de la población activa. “Ahí es donde se corporiza la crisis, en los trabajadores estadounidenses, griegos y portugueses. Son ellos los que quedan en la calle”, dice el profesor Roemer. “Y el próximo pico de la crisis, que podría venir por la burbuja de los precios de los granos, el déficit comercial chino o por los precios insanos de las empresas de Internet, acabará con más empleos en todo el mundo”.
En el Midtown de Manhattan, en Lexington y la 51, se puede ver otro ejemplo del malestar social que hay en Estados Unidos. Un grupo de activistas sociales y sindicalistas realizan un insólito escrache a un grupo de banqueros que tienen una conferencia en la que se habla sobre los “hedge fund”, esos fondos de inversión convertidos en instrumentos financieros alternativos de alto riesgo que causaron estragos durante la crisis. Los manifestantes llevan carteles con consignas directas: “Basta de engañar a la gente”, “Que paguen los millonarios” o “Nosotros los rescatamos. Ustedes tienen que pagar”. Dan la vuelta por la Tercera Avenida, avanzan rápido, y sin que nadie sepa muy bien qué están haciendo se meten por una puerta del hotel Doubletree. En el segundo piso están los banqueros y una pequeña audiencia, que de golpe se sobresalta con los gritos. El economista que está hablando toma sus papeles y sale apurado. Los guardias de seguridad del hotel comienzan a retirar las pancartas que traen los manifestantes. Todo termina en cinco minutos.
“Moralmente estoy de acuerdo con quienes dicen que no había que rescatar a los bancos, pero era imposible no hacerlo. El 72% de la población estadounidense vive de los cheques que cobra cada semana, ¿Qué hubiera pasado si los bancos hubieran dejado de pagar esos cheques? Recuerde que acá hay 300 millones de habitantes y 500 millones de armas”, explica el profesor Blyth. “Esta crisis no es sólo por la complejidad de los instrumentos financieros, sino del funcionamiento del sistema”.
La otra bomba que siempre parece a punto de estallar, y que tuvo el último round de negociaciones entre la Casa Blanca y la oposición republicana en el Congreso hace una semana, es la del exorbitante déficit de la mayor economía del mundo, que supera los 14 billones de dólares. Algunos analistas creen que podría ser el disparador de la nueva crisis. El presidente Obama ofreció realizar importantes recortes, pero quiere preservar los programas sociales. “Lo que se hizo hasta ahora es como poner airbags a un auto de carrera. No alcanza. Hay que aumentar los impuestos a las corporaciones y a los más ricos. Es la única manera de terminar con este lastre que ya lleva décadas”, resume el profesor Roemer de Yale.
Claro que no todo es crisis. Un buen ejemplo de la expansión global de la vieja industria de consumo masivo de exportación estadounidense, lo da la tradicional Coca-Cola. Está festejando en Atlanta con la sonrisa de sus publicidades los 125 años de existencia. En un magnífico festival pop en el Centennial Park, su presidente Muthar Kent anuncia que la compañía prevé duplicar el volumen de sus negocios de 100.000 millones por año a 200.000 millones antes del 2020, gracias al ascenso de las nuevas clases medias en los países emergentes. “Ante la crisis nosotros tenemos nuestra visión global y allí está la expansión de países como China, India y Brasil, que quieren consumir nuestros productos”, dice Kent ante trescientos periodistas de todo el mundo.
De regreso a Wall Street se puede ver a algunos traders de la Bolsa enojadísimos porque ya no pueden salir a fumar un cigarrillo en la puerta, por la calle Broad. Uno de ellos, de origen irlandés, que no puede dar su nombre porque se queda sin trabajo, se toma esos minutos para poner en perspectiva lo que sucede: “Sí, todo el mundo está esperando una nueva crisis. Pero no sabemos por dónde va a estallar. Acá el problema es que no se aprovechó para volver a regular el negocio. La gran desgracia fue cuando derogaron la ley Glass-Steagall, que era de 1933 y prohibía la combinación de los bancos comerciales con los de inversión. Hasta que no reviertan eso, el juego seguirá como hasta ahora. Y habrá un nuevo crash”.
Se vuelve a levantar viento y llovizna. Es una primavera bastante desagradable. Del viejo edificio de la Bolsa sale un grupo de hombres de negocios, entre ellos varios chinos que vinieron a presentar una nueva salida de acciones de la principal petrolera de Beijing. Se levantan los cuellos de sus gabardinas de Burberry y abren sus paraguas negros ingleses: sus negocios siguen empujados por la fuerza de la supuesta recuperación. Igual, todos saben que apenas será un breve respiro hasta que llegue un nuevo lunes o miércoles negro en la esquina de La Avaricia y el Repudio.